domingo, 16 de mayo de 2010

Ganadores del Concurso Literario
La Serna 2010

Segundo premio de narración para alumnos de Bachillerato.


Miguel Hernández
Cojo de una pata



Me pregunto qué siente una araña cuando un niño le arranca una pata.

Es algo que nunca he hecho, por las razones que podrían resumirlo con bastante precisión en las palabras aracnofobia y respeto. Pero he visto hacerlo de niño y siempre he sentido curiosidad. Coger insectos, o un polluelo caído de un nido, y cuidarlo, es una cosa. Torturarlos, arrancarles una pata, estrellar un polluelo contra una pared de ladrillo de la fachada de un colegio, son otra.

Aunque no lo creamos a veces el hombre es el animal más simple de todos. No me interesa lo más mínimo lo que pasa por la cabeza del niño que mata al polluelo. Pero qué sentirá la araña (yo siempre la imagino como una de esas que tienen las patas muy largas y el cuerpo muy pequeño) al huir o intentar huir del niño trastabilladamente y apoyando por reflejo o instinto una parte que ya no existe.

Tampoco me interesa lo que pasará por la cabeza de una persona que dedica dos horas libres o laborables a anidar animales heridos en un refugio, pues pecando de cinismo quizá les meto en el mismo saco que al niño que ríe al ver al polluelo, de piel marronácea, translúcida, estallar contra la pared. Y, en muchos casos, la simplificación es correcta. Pero qué sentirá un perro, viejo ya, cojeando de una pata los pocos días que le quedan mientras su piel dañada por la vejez o la enfermedad anuncia que dentro de poco no fallará solo esa parte.

Un águila con un ala dañada. Se la ve renqueante, el resto de la fauna atenta, tanto antiguas víctimas como futuros verdugos. Un ser humano en una situación similar sentiría quizá desesperación, rabia, impotencia, vergüenza. Cojos de un ala. Tocados de un ala.

Un torero siente pánico, un temor que le seca la boca y la deja embarrada, la mandíbula batiente, la rigidez inevitable en el momento y que esperas evitar para tu futuro inmediato. Lo tienes fácil: no salgas. Me pregunto si, avanzando la faena, el toro, como el minotauro de Borges, ve en él su verdugo o su libertador, o su vía de escape de ese particular laberinto jaleante. La herida del costado sangra. Un animal herido es presa fácil. Si no puedes correr, cazar, huir…, tienes pocas probabilidades de sobrevivir. Sí que me intriga el niñato de la gorra que se ríe del viejo sabueso cojo. También se reiría de una persona sin una pierna. O del polluelo. O de la niña de los gusanos de seda. El más cojo de todos. En el país de los ciegos… el cojo es un chiste con pata.

Me pregunto qué siente un niño cuando una araña le arranca una pierna.

Si no fuera por gente voluntariosa que cuida de los animales heridos, las víctimas de los descuidos humanos al volante de un Volvo o del sadismo inconsciente de otros no tan humanos, no habría salvación para muchos de estos animales. Y pensar que muchos de ellos solo tratan de ocultar su propia vanidad, remordimiento, por qué no, su propia cojera.

Puede que el dolor de la araña sea equivalente al del niño. Si me apuras, será una cuarta parte.

Somos gatos tuertos ahorcados de una rama ante un cuartucho con muros de argamasa.

No podemos ocultar la huella que dejamos. La araña cojea igual. Una vez vi a una mujer atropellar a un perro en una carretera. Pegó un grito, se asustó muchísimo, bajó, lo miró con lágrimas en los ojos, se agachó a comprobar si estaba vivo, y se fue. Yo iba con mi hermana. Me acerqué a él, me agaché, me volví hacia ella, que estaba muy impresionada, y nos fuimos en silencio. Solo al llegar al cartel de entrada al pueblo le dije que el perro estaba vivo.

Me pregunto qué sintió el perro al mirarle a los ojos, al verlo reflejado en las nubes, su pecho respirando débilmente.
Respeto mucho la labor de los voluntarios de los centros de animales. Si lo hacen por conciencia, son esa clase de gente que es mejor persona que tú hasta un punto que ni te planteas. Si son hipócritas como yo, al verlos tratan de lavar su conciencia o al mentos de ocultar su culpa. Lo cual es casi lo mismo.
Me pregunto si sintió angustia al ver que nos parábamos dos y no lo ayudábamos ninguno.
Se me hace muy difícil imaginarme una nutria herida, o un buitre inválido.
Se me hace muy difícil imaginarme al imbécil de la gorra herido. O cojeando simplemente. O recién atropellado.
Es muy molesto ir cojeando.
Un animal herido es una presa fácil. Si no puedes correr, cazar, huir…, tienes pocas posibilidades de sobrevivir. Salvo que tus predadores estén heridos, salvo que tus víctimas se dejen comer.
Arrastrarse como un animal herido es muy molesto. Al principio. Después el mundo se divide entre los que no se dan cuenta y los que se acostumbran y viven con ello.
Arrastrándose como animales heridos.
Cojos de una pata.

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