domingo, 16 de mayo de 2010

Ganadores del Concurso Literario
La Serna 2010

Primer premio de narración para alumnos de primer ciclo de ESO.

Alejandro Corvera
Una jornada



En la agitada selva del Amazonas resonaba, apagado, un gemido. Era el gemido de un lince malherido. Carlos se percató del sonido continuado y avisó a sus compañeros.

–Marisa, Fernao –susurró Carlos.
Sus dos compañeros, alarmados por la llamada del joven, volvieron la cabeza. Carlos les hacía señas para que fueran a su posición.
–¿Qué pasa, Carlos? –preguntó Marisa.
–Es un lince –respondió Carlos.
Los tres muchachos corrieron hacia el lugar de origen del llanto. Un lince de color pardo yacía tendido en la orilla del río, moviéndose lentamente. Una enorme herida se adivinaba en el maltratado cuello del animal.
–Debe de ser un mordisco de cocodrilo –dijo Fernao, agachándose a examinar la herida–. Habrá ido a beber al río y un cocodrilo le habrá mordido. El lince, aunque malherido y con su vida pendiendo de un hilo, se debatía en la lucha contra la muerte.
Carlos sacó el botiquín de primeros auxilios. Empezó a tratarlo en cuanto sacó los instrumentos necesarios. Pasaron diez minutos…, veinte…, cuarenta…, una hora. ¡Qué buen resultado! El lince, como un perro alegre, daba saltos de lo bien que estaba…, y todo gracias a Carlos, Fernao y Marisa.
Veréis, los tres son voluntarios en una asociación de protección de animales. Van por las selvas y bosques en busca de animales malheridos o enfermos y cuidan de ellos hasta que estos se recuperan. El lince estaba mejor, mas necesitaba más cuidado. Fernao, el mayor de los tres, lo llevó a la furgoneta para llevarlo a la clínica veterinaria que la asociación tenía allí. Por suerte, estaba cerca. Carlos y Marisa fueron a buscar más animales necesitados de ayuda.
Después de media hora, con Fernao ya con ellos, cuando se dispusieron a buscar más animales heridos, oyeron un grito a no mucha distancia.
Al encontrar al animal, un charco de sangre bañaba su pequeño cuerpo. Era una gacela.
Como alma que lleva el diablo, los tres se encargaron del pequeño mamífero, que gemía de forma espantosa. Al cabo de un rato la gacela estaba ya recuperada.
Cayó la noche y los tres jóvenes acabaron la jornada. No estaba anda mal, pues han ayudado a dos animales. Sin embargo, todavía quedan muchos animales que necesitan mucha ayuda, y es obligación nuestra contribuir a que puedan vivir mejor respetando su ecosistema, o no cazar ni pescar furtivamente.

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